jueves, 8 de noviembre de 2012
Flight princess.
Iluminas. Tú iluminas. Tú me iluminas. Tú me iluminas la mirada, pero a la vez destrozas un pedacito de mi alma, cada vez que al verte, al pensar en ti, me doy cuenta. Me doy cuenta de que no puedo tenerte tan cerca como quisiera, no puedo si quiera decirte esto que siento. Gracias a Dios creo en el destino y en el karma. Un destino que parece conocer todo aquello que pienso y siento, que me permite verte, no tenerte lejos, hacerte reír y que incluso algunas veces brinda gestos por tu parte. Miradas fulminantes. Roces de manos ardientes. Risas inesperadas e inexplicables. Grandes frases con significado nulo. Son todos esos pequeños contactos los que crean mi locura. Sí he dicho locura. Mi locura. Porque mi maldito cerebro se vuelve loco, sabe que eres imposible, inalcanzable. Pero existe una fuerza ciega; ignorante; rebelde; luchadora; que me incita a seguir buscando tu afecto en el vacío; a seguir palpando tu silueta imaginaria en la oscuridad, a buscar el punto recíproco de estos sentimientos y a buscar tu luz entre la niebla. Esta fuerza debe ser la que todos tenemos. La que todos escondemos bajo llave. Dentro de un cofre. En lo alto de la torre de un castillo flotando en nuestra conciencia. No tengo nada de especial por fuera, más bien soy normal tirando por debajo. Ni destaco ni he destacado nunca en nada. Debe ser esa mi especialidad. La capacidad de esposar al guardián de la torre y escapar del cofre encerrado, para dejar volar de una vez, sobre un vaivén de ocasiones y actos la fuerza para seguir creyendo que esto, por imposible que sea. Y que parezca. Que obliguen a ser, y a parecer.
Gracias por ser el detonante del descubrimiento de mi especialidad.
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